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La historia ha mostrado una tendencia con Mérida que podría tacharse de generosa. Surgida entre dos cursos de agua, el Guadiana y el Albarregas (conocidos como Anas y Barraeca en tiempos de los romanos), la ciudad supo mantener, desde su fundación, un fluido diálogo con ambos cauces. No obstante, los ríos, sometidos a la voluntad incierta de las estaciones, no siempre fueron de fiar. Los ingenieros romanos erigieron dos puentes para evitar la cíclica traición de esas riberas, traición que se hacía patente en forma de implacables crecidas. Los puentes fueron los elementos que hicieron de esta ciudad paso obligado hacia todos los puntos de la Península y,
Teatro Romano de Mérida Templo de Diana, Mérida
texto Mérida
en definitiva, fueron los que le proporcionaron momentos de gloria o de angustia durante estos últimos veinte siglos. Se trata de construcciones singulares por su magnífico estado de conservación y, en el caso del puente que salva el Guadiana, por ser una de las obras de la ingeniería romana más importantes todavía en uso.

Desde su fundación como Colonia, hecho que sucede hacia el 25 a C., y a lo largo de sus dos primeros siglos de existencia, quienes diseñaron su decoración y urbanismo no pretendieron otra cosa que emular a la metrópoli, reproducir Roma en este lugar remoto del Imperio para ser, a su vez, ejemplo en el que habrían de reflejarse decenas de municipios, alquerías y casas de campo del Occidente Peninsular.

Su promoción, hacia el 15 a C., como capital de una nueva y extensa provincia, la Lusitania, aporta a la Augusta Emérita de entonces un nuevo carácter: la ciudad dirigida pasa a ser ciudad directora, gestora de su territorio. Como relevante cruce de caminos que fue
–y aún continúa siendo-, la ciudad asiste, muy pronto, a ver como es escenario donde se asientan y se desarrollan, en ocasiones, nuevas formas de entender el mundo real y el imaginado, de desarrollar, en su seno, tanto asuntos materiales como divinos. Junto a una amalgama de religiones procedentes del Medio Oriente y Egipto, prenden en Mérida el judaísmo y el cristianismo.

Bajo la persecución de Diocleciano es martirizada en la ciudad Eulalia, Santa que tendrá una ascendencia determinante durante la tardoantigüedad y los albores de la Edad Media en la península.

Y es en al transcurso de esa antigüedad crepuscular cuando Mérida ostentó la capitalidad de toda Hispania, donde el vicario que la gobernaba mantenía su vasto cortejo. Mientras el Imperio se arruinaba de forma inexorable, esta ciudad mantuvo el aliento de una civilización que pugnaba por sobrevivir. Posteriormente serán los obispos emeritenses, ya bajo administración visigoda, los encargados de mantener el prestigio material y espiritual de la ciudad. La civilización clásica, a través de la iglesia local, no se extinguió, muy al contrario, se dilató hasta el emirato omeya en una especie de rezagado helenismo.

Indudablemente, la historia habrá de atesorar más argumentos donde Mérida se halle como artífice pero son suficientes estos, los más remotos y en los que la cosecha arqueológica es tan generosa, para que prenda la necesidad de acercarse a Mérida. Aquí, además de alimentar la curiosidad irrefrenable de los ojos, el paseante verá transmutado el pasado en objeto de ocio y didáctica, uno de los aciertos de sus museos y exposiciones. Ocasionalmente, la ruina despertará de su letargo, nos acogerá tal y como lo hiciera en su apogeo, bajo el manto atemporal de la cultura; eso es lo que sucede durante la celebración del Festival de Teatro Clásico.

Tras la detenida exploración de esta ciudad permanecerá en la memoria íntima una experiencia personal imborrable: descubrir, en orden, multitud de piezas pertenecientes a un puzzle cultural que alberga más de siete siglos de la historia, vieja historia, de España.

José Luis Mosquera Müller
Cronista Oficial de la Ciudad de Mérida

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06800 – Mérida
Tel.: +34 924 380 115
Fax: +34 924 380 183

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